El pelo se me pega al cuello, es el sudor y la fiebre. La mirada que se ahoga en la oscuridad de mi cuarto (que según dicen es naranja) me confunde, me dice cosas que no son... pero yo me las creo, así que, mea culpa.
A veces el problema no son los problemas sino los agregados pasados que se quedan el las neuronas y se detonan con un olor familiar, alguna imagen conocida o Lisandro Aristimuño y sus notas agudas, que penetran en el alma sin pedir permiso. Claro, como si ahora para penetrar pidieran permiso.
Ya no se pide permiso, ni perdón, ni gracias; tampoco hace tanta falta, en ocaciones complican más las situaciones cotidianas de subrir o bajar del colectivo o comprar chicles. Pero ojo, no estoy en contra de los buenos modales, al contrario, solo digo que en psiquis delicadas y poco precisas emocionalmente hasta las buenas costumbres traen malos ratos, y que hay que tener cuidado con eso. Nada más.
El estado febril alucinógeno produce cosas raras. Coreografías enteras (con mucha gente y vestuario y cosas locas), textos sin sentido (como este), ideas de crear arquitectura inservible y la rápida pérdida de la noción del tiempo. Al alma hay que darle de comer no solo preocupaciones y entregas, sino sueños placenteros, aire en bocanadas, besos y abrazos tuyos (antes de que me des la mano y me lleves a recordarme lo que soy y lo que somos), algún que otro mate y un pop evolution, de esos que tienen gusto a frambuesa.
A veces el problema no son los problemas sino los agregados pasados que se quedan el las neuronas y se detonan con un olor familiar, alguna imagen conocida o Lisandro Aristimuño y sus notas agudas, que penetran en el alma sin pedir permiso. Claro, como si ahora para penetrar pidieran permiso.
Ya no se pide permiso, ni perdón, ni gracias; tampoco hace tanta falta, en ocaciones complican más las situaciones cotidianas de subrir o bajar del colectivo o comprar chicles. Pero ojo, no estoy en contra de los buenos modales, al contrario, solo digo que en psiquis delicadas y poco precisas emocionalmente hasta las buenas costumbres traen malos ratos, y que hay que tener cuidado con eso. Nada más.
El estado febril alucinógeno produce cosas raras. Coreografías enteras (con mucha gente y vestuario y cosas locas), textos sin sentido (como este), ideas de crear arquitectura inservible y la rápida pérdida de la noción del tiempo. Al alma hay que darle de comer no solo preocupaciones y entregas, sino sueños placenteros, aire en bocanadas, besos y abrazos tuyos (antes de que me des la mano y me lleves a recordarme lo que soy y lo que somos), algún que otro mate y un pop evolution, de esos que tienen gusto a frambuesa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario